Brasil celebrará el 4 de octubre la primera vuelta presidencial. La disputa entre Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), y el senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL) e hijo del encarcelado expresidente Jair Bolsonaro, vuelve a situar al país ante una elección polarizada. Tras los triunfos de la derecha en Perú y Colombia este año, el resultado será relevante para la izquierda latinoamericana. Pero lo que está en juego también depende de la composición del Congreso y de las condiciones para gobernar.

La dimensión de Brasil explica ese interés. El Censo de 2022 registró más de 203 millones de habitantes y la estimación del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística para 2026 alcanza los 214,2 millones. Es el país más poblado de América Latina y el séptimo del mundo. Por PIB nominal, fue la décima economía mundial en 2024 y descendió al undécimo puesto en el ranking de Austin Rating de 2025.

Qué se elige

Brasil es una federación de 26 estados y el Distrito Federal, donde se encuentra Brasilia. El 4 de octubre se elegirán presidente y vicepresidente, en una misma fórmula; los 513 diputados federales; y 54 de los 81 senadores. Cada estado y el Distrito Federal tienen tres senadores: este año se renuevan dos por unidad federativa, para mandatos de ocho años. La Cámara se renueva íntegramente cada cuatro años y distribuye sus escaños según la población, con límites mínimos y máximos.

También se elegirán 27 gobernadores y sus vicegobernadores, además de 1.035 diputados estaduales y 24 diputados distritales. Los primeros integran las asambleas de los estados; los segundos, la Cámara Legislativa del Distrito Federal. Estos 24 representantes no se suman a los 513 diputados federales: pertenecen a otro nivel de gobierno. El Congreso legisla y fiscaliza al Ejecutivo nacional, mientras las legislaturas territoriales cumplen esas funciones dentro de sus competencias.

Para ganar la presidencia se necesita más de la mitad de los votos válidos, excluidos blancos y nulos. Si nadie alcanza esa mayoría, los dos candidatos más votados competirán el 25 de octubre. La misma regla rige para los gobernadores. Los senadores se eligen por mayoría relativa y los diputados mediante representación proporcional con listas abiertas: los votos del partido o federación partidaria contribuyen a determinar sus escaños y la votación individual interviene en la selección de sus representantes. Por ello, ganar la presidencia no garantiza una mayoría legislativa.

La estrechez del resultado de 2022 ayuda a entender la incertidumbre actual. Lula obtuvo el 50,90% de los votos válidos y Jair Bolsonaro el 49,10%: una diferencia de 1,8 puntos porcentuales y 2.139.645 votos. Participaron 124.252.796 personas, el 79,41% del electorado, incluyendo quienes votaron en blanco o anularon su voto.

Lula y la continuidad del bolsonarismo

Lula llega con 80 años y sin un sucesor claramente consolidado en el PT. Su trayectoria sindical sigue siendo un recurso político, aunque su conexión con los electores jóvenes no puede darse por sentada. Su campaña recupera la imagen del dirigente que enfrentaba a las élites y denunciaba las injusticias sociales, adaptándola a las redes sociales. El desafío es seguir encarnando esa figura desde la presidencia y después de haber gobernado durante tres mandatos.

Las encuestas requieren distinguir aprobación e intención de voto. En el Datafolha del 11 de septiembre, el 47% aprobaba el desempeño de Lula y el 32% calificaba su gobierno como bueno o muy bueno. El 1 de octubre, esas cifras alcanzaban el 48% y el 35%. Son preguntas distintas y ninguna equivale a intención de voto. Ese último estudio situaba a Lula en el 45% y a Flávio en el 40% de los votos válidos para la primera vuelta. Para una eventual segunda vuelta, registraba un 48% frente a un 45% de los votos totales, un empate técnico según el instituto.

Flávio aparece como el principal rival de Lula entre las 12 candidaturas. El escritor Augusto Cury disputa el tercer lugar, lejos de ambos. Flávio deberá continuar con la consolidación del bolsonarismo, ahora desde el Partido Liberal. A diferencia de la elección 2018 y luego del gobierno de Jair Bolsonaro, ese sector tiene menos espacio para presentarse como ajeno a la política tradicional, una de sus principales cartas en 2018.

El Congreso y las condiciones para gobernar

Quien llegue al Palacio de Planalto, sede de la Presidencia, deberá negociar con un Congreso fragmentado. La Cámara reúne alrededor de veinte partidos. Según su registro de bancadas del 3 de octubre, el PL tiene 98 diputados y es el partido individual más numeroso. La federación Brasil de la Esperanza —PT, Partido Comunista de Brasil y Partido Verde— suma 82, cifra que no incluye a todos los aliados de Lula.

Un bloque parlamentario que agrupa, entre otros, a União Brasil, PP, PSD, Republicanos y MDB reúne 272 diputados, más de la mitad de la Cámara. No equivale automáticamente al Centrão: este término designa a fuerzas principalmente de centro y centroderecha que negocian su apoyo según sus intereses y participación en el gobierno. No es un partido ni una coalición electoral única, y pertenecer a un bloque parlamentario tampoco implica respaldar uniformemente al presidente.

El Congreso también ha ganado capacidad de intervención presupuestaria. La Enmienda Constitucional 86 de 2015 estableció la ejecución obligatoria de determinadas enmiendas presupuestarias individuales de los parlamentarios, salvo excepciones como los impedimentos técnicos. Estas permiten destinar recursos a proyectos y territorios y limitan la discrecionalidad del Ejecutivo sobre una herramienta tradicional de negociación. El próximo presidente necesitará acuerdos para aprobar y ejecutar su agenda, mientras la inseguridad y la delincuencia seguirán entre las demandas ciudadanas.

El resultado tendrá consecuencias regionales. Una victoria de Lula permitiría a la izquierda conservar el gobierno del país más poblado de América Latina y, junto con Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay, ofrecer un contrapeso al avance de la derecha. Un triunfo de Flávio podría interpretarse como parte de ese giro regional o como un castigo al oficialismo; ambas lecturas deberán contrastarse con el comportamiento electoral.

La orientación ideológica tampoco elimina las restricciones externas. La cercanía del bolsonarismo con Donald Trump podría favorecer un acercamiento a Washington, pero China es el principal socio comercial de Brasil desde 2009. Ese vínculo condicionaría cualquier realineamiento, mientras las tensiones entre ambas potencias pueden reducir el margen de maniobra brasileño. La elección decidirá quién gobierna; sus posibilidades de llevar adelante una agenda dependerán también del Congreso, de la negociación federal y de los vínculos económicos del país.

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